5 feb. 2012

¿POR QUÉ NO TENEMOS NIÑOS? (2ª Parte)

Para continuar con el tema ya iniciado en mi artículo anterior podría seguir buscando motivos que traten de explicar las causas de la baja natalidad europea y, dentro de ella, la muy baja en España. Saldrían así cosas como que el descenso en el número de matrimonios da origen a otro tipo de relaciones poco partidarias de la procreación, también el que muchas parejas deciden retrasar el primer hijo y, como consecuencia, el periodo de fecundidad posterior se abrevia.

Hay otras causas que, tanto vosotros como yo, podríamos ir deduciendo, pero hoy me quiero fijar en algo que considero importante: La política que los estados están siguiendo en lo que respecta a la protección y ayudas al matrimonio y la familia.
Los países del norte y centro, en otros tiempos nada impulsores de la natalidad han experimentado un giro en sus ideas, comenzando a potenciar sus ayudas a las familias. Por el contrario las naciones meridionales han tomado el sentido contrario.

Es urgente poner en marcha unas políticas familiares que permitan aumentar las tasas de natalidad. Hay que buscar fórmulas que permitan a la mujer, sobre todo a la mujer por ser la que da a luz y cría al bebé en los primeros meses, hacer compatible su trabajo con el parto y la crianza, evitando la discriminación ante el hombre por parte de las empresas.

Habrá, además, que tener un sistema de guarderías y ayudas económicas para las siguientes etapas. La colaboración en el hogar del esposo de esa madre trabajadora, en todo lo necesario, la doy por supuesta, incluida la posibilidad de alternar con ella los días de baja, cuando sea posible, necesario y conveniente.

Ya sé que hay ciertas leyes sobre estas cosas pero son insuficientes, se quedan en un quiero y no puedo. También soy consciente de que todo eso cuesta dinero y no sobra, sí pero… también es cierto que hay fondos para atender lo que interesa a la clase política y, muchas veces, muchísimas, se concede para otras cosas menos importantes para la sociedad.

No hace falta ser un gran economista para deducir que la existencia de niños, y posteriormente jóvenes, es una fuente de riqueza porque sus necesidades activan la producción de todo tipo de cosas necesarias e incluso de las innecesarias.

Estas políticas bien estudiadas, ejecutadas y dotadas, deben ser completadas con otras de apoyo a la mujer embarazada con dificultades para terminar su embarazo y continuar con su hijo posteriormente, si lo desea. Si añadimos una agilización de la adopción podríamos tener un sistema bastante completo.

Hace falta interés para se desarrolle aunque aún hace falta algo más.
Ese algo más es extender una cultura que valore el matrimonio y la familia, se trate entre personas creyentes y religiosas o no. Hay que dejarse de historietas ideológicas y valorar algo tan importante para la sociedad como son esas dos cosas y promover que los jóvenes vean y oigan cosas positivas sobre ellas. Se deben valorar y estimular la generosidad y el espíritu de servicio, así como que se pierda el miedo al sacrificio.

Como veis hablo de poner ante las generaciones jóvenes, y no tan jóvenes, una postura ante la vida muy distinta a la que les estamos dando. Ya va siendo hora de que caigan esos viejos tópicos, que algunos llaman progresistas, sobre la natalidad, la superpoblación y todo eso.

Hace poco he leído en una publicación digital (Actualidad y Análisis) el comentario sobre un libro publicado en Estados Unidos, “El Descenso Poblacional y la Restauración de Políticas de Gran Poder” (Editorial Potomac Books) , donde se establece la relación entre la demografía y el peso político y económico internacional entre otros del citado país, China e India. He aquí el comentario:
Contrariamente a lo que suele escucharse en una época casi paranoica por el “problema” de la población (recuérdese que hace poco se volvía a maldecir nuestra suerte con el bebé siete mil millones), la obra hace un positivo balance de este elemento, puesto que a fin de cuentas, las sociedades están compuestas por personas. Así, como un adecuado recambio generacional se hace indispensable para que un país mantenga su pujanza en todo orden de cosas, vaticina para este siglo XXI un buen futuro para Estados Unidos (por su índice de natalidad aceptable), un sombrío panorama para China (fruto de la política del hijo único, impuesta desde 1979) y un excelente porvenir para la India (por su alta tasa de natalidad), la cual incluso superará en población a China hacia el 2025.

Lo anterior significa que las políticas de los últimos 50 años están cobrando su precio; porque si la natalidad (y por tanto, en buena medida, la familia) han sido y siguen siendo el enemigo global número uno de varios países desarrollado y de diversos organismos internacionales, el resultado obvio, después de tan despiadada campaña, es el paulatino envejecimiento de la población.

Por eso, para quienes aún siguen con la vieja cantinela de la superpoblación, ya es hora que se despabilen y se actualicen, porque si hoy somos siete mil millones, se debe no a una “explosión demográfica”, sino al aumento notable de la población senil. Mas, como nadie vive para siempre, en pocas décadas más comenzará visiblemente (puesto que ya existe en algunos países, como Rusia) una “implosión demográfica”. Y lo anterior no puede dejar de tener efectos graves, tanto en la economía como en el peso internacional de un país.

Termino con unas frases de un buen amigo que me ha enviado en relación con el artículo anterior (primera parte de éste): “Europa lo que necesita es amor. Vivimos en la sociedad de la depresión, occidente padece una gran depresión, que no es otra cosa que una enfermedad de la afectividad”.

Habrá que emprender una campaña para propagar la civilización del amor que va muy unida a la cultura de la vida.

Alejandro González
(El Vigía)
 
 
 
 
 


1 comentario:

luz dijo...

Siempre tan interesante y tan actual. Gracias, Luz