2 oct. 2011

EDUCAR EL CORAZÓN

Definir el amor es complejo ya que son muchas las facetas y formas en que puede darse. Así podríamos señalar aspectos parciales que darían lugar a diversos tipos de amores como son el paternal, maternal, filial, conyugal, de amistad, etc. Lo que es común a todos ellos podría ser considerarlo como una tendencia hacia algo que estimamos buenos y que deseamos obtener.

El ser humano suele tener un debate interior, más o menos acusado, entre la generosidad y el egoísmo, es decir entre servir o servirse. El verdadero amor consiste en el triunfo de la generosidad, del servicio al otro.

Estas ideas llevadas al ámbito de la familia nos señalan un camino inicial para educar a los hijos en el dar y el recibir, las dos facetas que constituyen el amor y que, en la infancia y adolescencia, deben aprender. No debemos olvidar que si el darse es difícil tampoco, en algunas personas, resulta fácil el aceptar la ayuda de otros. En ambas facetas tienen que ir creciendo para llegar al amor maduro.

En el periodo infantil esperan sólo en recibir, realmente es poco lo que pueden dar, pero aún en ese poco hay que habrá que buscar cómo pueden iniciarse. Se necesita mucha paciencia, saber sugerirles ideas y, como siempre, ir marcándole el camino con nuestro ejemplo. Enseñar a recibir habrá que concretarlo en darles la información necesaria para tomar pequeñas decisiones, pequeñas sí pero importantes para ellos y para el desarrollo de su personalidad, especialmente en las proximidades de los 12 años.

Durante la adolescencia debe continuarse con ese aprendizaje. Sabemos que en esta etapa, desde muy pronto, suele llegar el enamoramiento del amor porque todo lo idealizan y no viven cerca de la realidad. Habrá que ayudarles a ver lo bueno y lo malo, es decir, aclarar sus ideas, teniendo muy en cuenta que no suele ser mucha su congruencia. Aquí la dedicación en tiempo y paciencia es fundamental, sobre todo esta última, que no será fácil ante ciertas actitudes, pero que puede hacernos perder el buen camino. Quiero dejar muy claro que esa paciencia no significa falta de firmeza.

El adolescente necesita aprender a servir, a respetar y, sobre todo, necesitan personas en quienes confiar, aunque, muchas veces, no lo quieran reconocer. Por eso buscan la seguridad de sus padres, incluso cuando plantean discusiones en las que, bajo un baño de rebeldía, muestran la necesidad de fundamentos para apoyar las ideas y actitudes, que admiran en sus mayores, frente a un ambiente que les presiona e impulsa hacia lo contrario.

Es bastante eficaz, si se sabe utilizar adecuadamente, apoyarse en esa rebeldía para enseñarles a ser realmente rebeldes frente al consumismo, el erotismo y otros muchos “ismos” que les rodean y acosan.

Insisto, una vez más, en que los padres, como siempre, tenemos que ir abriéndoles camino con el ejemplo, practicando nosotros la generosidad habremos hecho gran parte del trabajo. Necesitan vernos alegres ante una entrega que, si cierto es que cansa, produce felicidad porque, como seres humanos, necesitamos salir de nosotros y también necesitamos de los demás.

Vuelvo a citar, como en el artículo anterior, un párrafo del libro "Remedios para el desamor" del psiquiatra Enrique Rojas:
"El adolescente y el joven están llenos de posibilidades. Al principio de la vida todo es posible, todo puede suceder, cualquier pensamiento puede llevarse a cabo con tal de que tenga una mínima base. Es el momento en el que la aventura de la vida se parece a un río caudaloso, fluido y espléndido. La vida va, pues, demasiado deprisa y es necesario que la corriente no nos arrolle a su paso. Hay que pensar en lo que uno quiere ser o, dicho de otra forma: ¿Qué quiero hacer con mi vida  ? ¿Qué cosas prefiero y cuáles son las que detesto y no me van? ¿Hacia dónde quiero encauzarla? éste es el análisis que hace el adolescente y el joven.
 Sin embargo, muchas veces estos planteamientos no son realistas, sino que se mueven en una especie de vía láctea de ilusiones que no coinciden con la verdad de la vida. Conviene ayudarse de personas sabias, maduras, llenas de experiencia, capaces de abrirnos los ojos y enseñarnos cómo son verdaderamente las cosas".

Se habla de construir la civilización del amor y, tal vez, nos preguntamos ¿qué puedo hacer yo que soy una parte muy pequeña de esa civilización? Realmente podemos considerarnos impotentes, pero deberíamos reaccionar pensando que nuestra familia forma parte del mundo que nos rodea y en ella podemos hacer mucho. Hay que empezar por animarse y animar a otros porque, aunque parezca insignificante, muchos pocos hacen algo grande.

En la familia es donde se puede enseñar a amar de forma práctica, día a día, amando y dejándose amar, preparando a los más jóvenes para el amor, mejor dicho para los amores, porque diversos, como dije al principio, serán los amores que contendrán sus vidas. El corazón de los niños y jóvenes necesitan crecer con la persona, tenemos que formarlos para que sean el lugar adecuado donde nazca y se conserve el amor.



Alejandro González
El Vigía


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